Acerca de ti
El Gusano Poeta
Sergio Algora nació en Zaragoza en 1969. Su pasión por la música y los textos surrealistas le llevó a fundar El Niño Gusano a mediados del año 93, con quienes escribió algunas de las mejores canciones pop hechas en nuestro país, gracias a los discos Circo Luso (95), El Efecto Lupa (96) o El escarabajo más grande de Europa (98), así como varios EP’s, rarezas y participaciones en diversos recopilatorios. Sus canciones dieron la vuelta a la península e influenciaron de forma directa a numerosas bandas que tenían a El Niño Gusano como grupo de referencia.
Algora alcanzó cierto éxito con el grupo El Niño Gusano en la escena independiente española de los años noventa. En la actualidad formaba parte de la banda La Costa Brava, con el que grabó seis discos; el último, Velocidad de crucero, en 2007. Todos sus trabajos los presentó en directo en las principales ciudades españolas.
En 1999, tras la separación de El Niño Gusano, Sergio Algora creó Muy poca gente y empezó a desarrollar fuertemente su faceta como escritor, publicando varios libros de poemas como Cielo ha muerto (2005) o algunos de sus mejores relatos en A los hombres de buena voluntad (2006).
Como poeta, Algora publicó Paulus e Irene, Otro rey, la misma reina y Los versos dictados, además de relatos y la pieza teatral La lengua del bosque.
Sergio Algora también era colaborador del suplemento Muévete de El Heraldo de Aragón y escribía un blog en Club Cultura, la web de tiendas Fnac.
Let your friends know you cared.
Add this Tribute to your Facebook page.
Último poema
maripili Jul 10, 2008
"Hombres pelados con cuchilla,
mujeres en el sacapuntas,
niños en la mina, planetas en el zoo, estrellas en el cortejo."
Dejé mi país para ser etíope por un año.
Dejé de dictar para subordinarme.
Etiopía estaba bajo la nieve.
La fiebre la había helado.
El matadero de la Adis Abeba estaba abandonado.
Los buitres habían construido allí una nueva ciudad.
Los niños, como heraldos, soplaban los cuernos
arrancados de las reses.
Los ancianos se convertían en pergaminos.
El ganado se reducía a cenizas.
Los adivinos contemplaban el humo
y las heces.
Los brujos traducían los poemas del premio Loewe.
Nos dábamos por el culo sin cesar,
tiritando en las chozas.
Cada nevada exterminaba una tribu.
Nos quedábamos con sus cuerpos y con sus enseres.
Parecía que un sueño invernal
iba a terminar con el hambre.
Llegaron los renos y Santa Claus
y cargaron en el trineo los leones famélicos
que se exhibían en el palacio presidencial.
Le dimos un león a la uno,
dos a la dos, tres a antena tres, cuatro a la cuatro,
cinco a la cinco, seis a la sexta, una jirafa a la once,
todo el oro de África a todos los santos,
el único clítoris mayor de dieciocho años
al único dios.
El entrenador de dios,
colocó el clítoris africano en el centro del campo
de un chochito blanco
y lo hizo debutar en el mundial.